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La evacuación de Phnom Penh se caracterizó por la crueldad de los Jemeres Rojos, el miedo y el hambre "Se lo llevaron" Por Loung Ung La autora de este libro fue testigo directo de la brutalidad de los Jemeres Rojos bajo el régimen de Pol Pot, que supuso el exterminio de dos millones de camboyanos. Hija de un alto funcionario, Loung Ung tenía cinco años cuando, con sus padres y cinco hermanos, tuvieron que huir de la capital, Phnom Penh, haciéndose pasar por campesinos. Actualmente es portavoz de la Campaña de Minas Antipersona, organización que ganó el Nobel de la Paz en 1997.
Lo primero que veo cuando abro los ojos a la mañana siguiente es la cara seria de Chou, al revés, sobre el fondo de cielos nublados. Me está tirando del pelo. -Despierta. Tenemos que ponernos en camino otra vez, me dice. Me incorporo despacio y me froto los ojos soñolientos para limpiármelos de semillas. A mi alrededor se está despertando un mar de gente: niños pequeños que lloran, viejos que se quejan, cacharros que resuenan al chocar con los costados de los carros, cuyas ruedas aplastan el polvo del camino. Hay muchas más personas que el número hasta el que sé contar. Sigo con los ojos a Khouy y a Meng, que entran en el templo con grandes vasijas plateadas para coger agua. Keav dice que en las proximidades de los templos siempre hay un pozo. Al cabo de unos instantes, Khouy y Meng vuelven visiblemente consternados, con las vasijas vacías.
Suenan dentro del templo unos tiros que interrumpen las palabras de Khouy. Recogemos apresuradamente nuestras pertenencias y nos marchamos de allí. Más tarde nos enteramos de que los soldados jemeres rojos habían matado a dos personas dentro del templo y habían herido a muchas más. Hoy, en nuestro tercer día en la carretera, yo camino con paso un poco más alegre. En Phnom Penh los soldados habían dicho que podríamos volver a casa al cabo de tres días. Los soldados nos dijeron que teníamos que marcharnos porque los Estados Unidos iban a bombardear nuestra ciudad. Pero yo no he visto ningún avión en el cielo ni he oído caer ninguna bomba. A mí me parece extraño que nos hayan hecho marcharnos para que demos la vuelta y volvamos a nuestra casa al cabo de tres días. Sonrío al pensar en lo tontos que debemos de parecer, marchando como una hilera de hormigas negras para detenernos al final de la jornada y volver a encaminarnos a casa sin más. Aunque no lo entiendo, me imagino que los tres días es el tiempo que tardarán en limpiar la ciudad.
-Papá, ¿volveremos pronto a casa? Los soldados dijeron que podríamos
volver a casa al cabo de tres días -le digo, tirándole de los
pantalones. Ya ha llegado la tarde y ni siquiera hemos reducido el paso.
Al mediodía hemos llegado al puesto de control militar de los jemeres rojos en la población de Koin Baul. El puesto de control no es más que unas cuantas tiendas de campaña pequeñas e improvisadas, con camiones estacionados junto a ellas. En esta base hay muchos soldados, y es fácil reconocerlos porque todos llevan pantalones y camisas negros sueltos tipo pijama, idénticos. Todos llevan fusiles idénticos colgados en bandolera a la espalda. Van rápidamente de un lugar a otro, con los dedos en los gatillos de los fusiles, paseándose ante la multitud, gritando órdenes con un megáfono. -¡Ésta es la base de Kom Baul! ¡No estáis autorizados a pasar hasta que os hayamos dado el visto bueno! ¡Formad cola con vuestra familia! ¡Nuestros camaradas soldados vendrán a haceros unas cuantas preguntas sencillas! ¡Deberéis responder la verdad y no mentir al Angkar! ¡Si mentís al Angkar, nos enteraremos! El Angkar lo sabe todo y tiene ojos y oídos en todas partes.
-A vuestra derecha veis una mesa ante la que están sentados vuestros hermanos y camaradas dispuestos a ayudaros. Todos los que hayáis trabajado para el Gobierno depuesto, los que hayáis sido soldados o políticos, acercaos a la mesa para inscribiros para trabajar. El Angkar os necesita ahora mismo. La angustia invade mi cuerpo cuando veo a los soldados jemeres rojos. Siento ganas de vomitar. Papá reúne rápidamente a nuestra familia y nos pone a la cola con las demás familias de campesinos. -Recordadlo: somos una familia de campesinos. Dadles todo lo que os pidan y no discutáis. No digáis nada, dejadme hablar a mí, no vayáis a ninguna parte y no hagáis nada sin que yo os lo diga, nos ordena papá con firmeza. De pie en la cola, encajada entre mucha gente, me invade la nariz el olor rancio de los cuerpos que llevan muchos días sin lavarse. Para filtrar el olor me cubro firmemente la boca y la nariz con el pañuelo. Por delante de nosotros la cola se divide en dos, pues un grupo numeroso de antiguos soldados, funcionarios y políticos se dirige a la mesa para inscribirse para trabajar. El corazón me late con rapidez contra el pecho, pero yo no digo nada y me apoyo en las piernas de papá. Éste baja la mano y me la pone sobre la cabeza. La deja allí, como protegiéndome del sol y de los soldados. Al cabo de unos minutos, siento la cabeza más fresca y el corazón me late más despacio. Por delante de nosotros en la cola, los soldados jemeres rojos gritan algo a la multitud, pero yo no oigo lo que dicen. Después, un soldado jemer rojo arranca violentamente una bolsa que lleva un hombre al hombro y arroja su contenido al suelo. Otro soldado jemer rojo saca del contenido un viejo uniforme del ejército de Lon Nol. El soldado jemer rojo hace una mueca de burla al hombre y lo empuja hacia otro soldado jemer rojo que está a su lado. El soldado pasa después a la familia siguiente. El hombre que llevaba en su bolsa el uniforme de Lon Nol, con los ojos bajos, los hombros hundidos, los brazos colgando sueltos a los costados, no se resiste a otro soldado jemer rojo que lo encañona y se lo lleva empujándolo a culatazos. Al cabo de muchas horas nos llega por fin el turno de ser interrogados. Me doy cuenta de que llevamos allí de pie mucho tiempo porque el sol ya me da en la baja espalda en vez de en lo alto de la cabeza. Cuando se aproxima a nosotros un soldado jemer rojo se me hacen nudos apretados en el estómago. Me acerco más a papá y busco su mano. La mano de papá es mucho más grande que la mía, y yo sólo puedo rodear con mis dedos su dedo índice.
-¿A
qué te dedicas tú? -pregunta el soldado a papá con brusquedad. El soldado registra una a una todas nuestras bolsas. Después se agacha y levanta la tapa de la olla de arroz que está junto a los pies de papá. Aprieto con más fuerza todavía el dedo de papá y el corazón me late aceleradamente mientras el soldado registra la olla. Tiene la cara cerca de la mía, yo me miro concentradamente los dedos de los pies sucios. No me atrevo a mirarle a los ojos, pues me han dicho que cuando les miras a los ojos puedes ver al demonio en persona.
-Está bien, tenéis el visto bueno. Podéis marcharos. (...)
Aprieto con más fuerza la mano de Keav y advierto de pronto el olor que me llega con fuerza a la nariz. No es el olor de la hierba podrida ni es mi propio olor corporal, sino que es un olor a putrefacción tal que se me revuelve el estómago. Un olor semejante al de los menudillos de pollo podridos que llevan demasiados días expuestos al sol. Todo lo que me rodea se vuelve borroso y yo no oigo a Keav decirme que camine. Sólo oigo el zumbido de las moscas que se dan un banquete con el cadáver humano. Siento que la mano de Keav tira de mí y mis pies se mueven automáticamente hacia ella. Con mi mano en la de ella, alcanzamos al resto de la familia y emprendemos nuestro sexto día de marcha. Por el camino, los soldados están en todas partes, incitándonos a que avancemos. Nos apuntan con sus fusiles y nos dan órdenes con sus megáfonos. Bajo el calor abrasador de abril, muchas personas mayores caen enfermas de insolación y de deshidratación, pero no se atreven a descansar. Cuando alguien cae enfermo, su familia tira sus posesiones y a la persona enferma la lleva a cuestas otro familiar, o la suben a un carro si tienen la suerte de tenerlo, y siguen adelante. Pasamos toda la mañana y toda la tarde caminando y sólo nos detenemos a comer y a descansar cuando se pone el sol. A nuestro alrededor hay por todas partes otras familias que se han detenido también a pasar la noche. Algunos salen al campo a coger leña para guisar su comida. Otros comen lo que ya llevaban preparado y se quedan dormidos en cuanto se tienden. Nosotros caminamos entre los cuerpos acurrucados en busca de un sitio libre donde instalarnos. Mamá y Keav, agotadas, se afanan en establecer nuestro lugar de descanso y en encender una hoguera. Keav extrae una sábana de una de las bolsas de plástico en las que llevamos las posesiones que nos quedan y la extiende sobre el suelo. Mamá desenrolla la estera de paja y la coloca junto a las sábanas. Mientras yo estoy sentada con Geak sobre unos bultos pequeños de equipaje, frotándome los tobillos, que tengo quemados y doloridos, Chou y Kim llevan el resto de nuestras bolsas a la sábana. Cojo a Geak de la mano e intento llevarla a las sábanas para que se siente en ellas, pero ella se zafa de mi mano y gatea hacia papá. Él la coge en brazos y se la lleva al pecho. La cara de Geak, morena y cubierta de ampollas por el sol, descansa junto a la nuca de papá, mientras éste la acuna girando el cuerpo de derecha a izquierda. Al cabo de poco rato ya está dormida. Nuestras provisiones de alimentos se han reducido a unos pocos kilos de arroz, y Meng, Khouy y Kim tienen que salir en busca de otros alimentos que sirvan de complemento al arroz. Van a pie a la población próxima de Ang Snur, a un poco menos de un kilómetro, y vuelven al cabo de una hora. Sus siluetas se aproximan a nosotros lentamente; Kim lleva un brazado de leña seca y Meng tiene en la mano una ramita en la que van clavados dos pescados pequeños y algunas verduras silvestres. Khouy camina hacia nosotros con una cazuela pequeña y con una sonrisa de satisfacción.
-¡Mamá, mira! -grita, casi incapaz de contener su júbilo-. ¡Azúcar!
A la
mañana siguiente mamá nos despierta a todos y nos disponemos a emprender
nuestro séptimo día de camino. La carretera que tenemos por delante
riela a la vista por el calor y hay por todas partes nubes de polvo que
me queman los ojos. Mis ojos enfocan un ciclista solitario, a lo lejos.
No percibo lo alto que es, sólo que es muy delgado. Cosa rara: avanza en
dirección contraria al flujo del tráfico. De pronto me sobresalta el
grito de mamá. Entre fuertes sollozos vacilantes, mamá consigue decir:
Aquella tarde llega el carro, arrastrado por dos vacas amarillas flacas que andan muy despacio. Mientras papá y mamá hablan con mi tío, yo me apodero rápidamente de un sitio en el carro con Chou y con Geak. Nuestro viaje nos lleva por una carretera de grava hacia el oeste, por la ruta 26, hasta que llegamos al pueblo de Bat Deng, ocupado por los jemeres rojos. Vayamos donde vayamos, y en cualquier rumbo que tomemos, hay gente de camino por delante y por detrás de nosotros. Entre la multitud, nuestro carro atraviesa el pueblo de los jemeres rojos sin detenerse. Nos desviamos hacia el oeste y dejamos muy atrás a nuestros compañeros de camino. En algún punto entre Bat Deng y Kang Truop me quedo dormida.
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